El goteo es común en días fríos, pero la persistencia del síntoma combinada con humo blanco puede indicar una junta de culata fundida
Ver el agua goteando por el escape del coche es una escena que suele alarmar a muchos conductores, pero no siempre indica una visita inminente al taller. En condiciones normales de funcionamiento, especialmente en días fríos o al arrancar el vehículo por la mañana, el fenómeno es resultado de la física: la condensación.
El proceso de combustión interna genera subproductos naturales, incluyendo vapor de agua y dióxido de carbono. Cuando los gases calientes del motor se encuentran con el tubo frío del sistema de escape, este vapor se licua y las gotas son visibles en la punta. El catalizador, al convertir gases nocivos, también contribuye a esta reacción química. En tales casos, el agua debería desaparecer tan pronto como el sistema alcance la temperatura óptima de funcionamiento.
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Sin embargo, la situación cambia cuando el goteo persiste incluso con el motor caliente o ocurre en volúmenes excesivos. Este comportamiento es la principal indicación de fallos mecánicos graves, como grietas en el bloque, defectos en el enfriador de válvulas EGR o la rotura de la junta de la culata.
La junta de culata actúa como un sello vital entre el bloque motor y la culata, asegurando el sellado de los canales de combustión y refrigeración. Cuando esta pieza falla, el refrigerante invade la cámara de combustión y se expulsa por el escape.
Para el conductor, el diagnóstico visual es claro: además del agua, se emite un humo blanco denso y persistente, a menudo acompañado de un olor dulce característico del etilenglicol (aditivo radiador). Si el nivel del depósito de agua baja sin fugas externas visibles, el problema es interno.
Ignorar estos síntomas puede ser fatal para el vehículo. La mezcla de agua en el aceite compromete la lubricación, convirtiendo el fluido en una especie de «lodo» lechoso, lo que provoca sobrecalentamiento y pérdida de combustible del motor. La pérdida es alta: reemplazar la junta, además de reparaciones adicionales, puede costar más de R$ 15.000, mientras que un motor nuevo supera los R$ 50.000.