El cierre del Estrecho de Ormuz aumenta la demanda de modelos alimentados por batería; en Tailandia, las ventas se cuadruplicaron tras ajustar el precio de la gasolina
El cierre del Estrecho de Ormuz y la consiguiente escalada de los precios del petróleo causaron un efecto secundario inmediato en el mercado automovilístico: una avalancha sin precedentes de vehículos eléctricos. El choque del suministro de combustibles fósiles, impulsado por el conflicto que involucra a Irán, ha convertido la transición verde en una estrategia de supervivencia económica para los conductores de todo el mundo.
Fabricantes asiáticos, como BYD de China y VinFast de Vietnam, emergen como los principales beneficiarios de este cambio de paradigma. En Filipinas, según Bloomberg, los concesionarios BYD en Manila registraron, en solo dos semanas, un volumen de pedidos equivalente a un mes completo de funcionamiento normal. El fenómeno es aún más agudo en Vietnam, donde las visitas a las tiendas VinFast se han cuadruplicatado, resultando en la venta de 250 modelos eléctricos en tres semanas, el doble de la media mensual en 2025.
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La correlación entre el precio en la gasolinera y el interés por los vehículos electrificados era evidente en Tailandia y Nueva Zelanda. En un solo sábado, poco después de un aumento del 20% en el precio de la gasolina, las ventas de vehículos eléctricos se cuadruplicaron respecto a la media histórica. Ante la crisis, los gobiernos locales también aceleraron las políticas de incentivos. En Laos, las tasas de matriculación de los vehículos eléctricos se han reducido en un 30%, mientras que los impuestos para los modelos de combustión han aumentado en la misma cantidad.
Mientras que los fabricantes tradicionales occidentales como Ford y GM retractan sus planes de electrificación debido a incertidumbres políticas en Estados Unidos, China consolida su hegemonía global. Con una estrategia a largo plazo centrada en la exportación de tecnología de bajo coste, los fabricantes chinos duplicaron sus envíos al extranjero en los primeros meses de 2026. El desafío ahora reside en la infraestructura: el vertiginoso crecimiento de la flota requiere inversiones importantes e inmediatas en redes de carga para evitar un colapso del sistema regional de movilidad.