Considerado el vehículo autopropulsado más grande del mundo, el portador de cohetes de la NASA ha sido mejorado para misiones que llevan al hombre de vuelta a la Luna
Para devolver a la humanidad a la luna, la NASA depende no solo de cohetes de última generación, sino de un ‘monstruo’ terrestre de 61 años que consume la aterradora cifra de 388 litros de diésel por cada kilómetro recorrido. Certificado por Guinness World Records como el vehículo autopropulsado más grande del planeta, el Crawler-Transporter 2 ha sido modernizado recientemente para soportar el brutal peso de las nuevas misiones del programa Artemis.
Aparcado en el Centro Espacial Kennedy en Florida, el vehículo tiene el tamaño de un campo de béisbol y pesa 3.000 toneladas (3 millones de kilogramos). Para soportar la carga extra del nuevo Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS), la máquina fue sometida a mejoras estructurales y de energía, siendo renombrada informalmente como Super Crawler. Su misión es transportar el cohete desde el edificio de montaje hasta la plataforma de lanzamiento a una velocidad que rara vez supera los 1,6 km/h.
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La capacidad para transportar cargas superiores a 2,6 mil toneladas requiere un conjunto mecánico que roza lo irracional según los estándares tradicionales. El Crawler utiliza dos enormes motores diésel V16, diseñados originalmente por la American Locomotive Company (ALCO) para arrastrar trenes de mercancías pesadas en Estados Unidos y Australia. Juntos, generan 5.500 CV.
Sin embargo, la operación es ingeniosa: es un sistema híbrido en serie. Los motores diésel no accionan directamente las vías, pero sí alimentan generadores que envían energía a 16 motores de tracción eléctricos. Esta disposición aumenta la potencia combinada y asegura el par variable y milimétrico necesario para que el cohete no se vuelque durante el trayecto.
A pesar de la evidente ineficiencia energética —la marca original es de 390 litros de diésel por kilómetro—, la durabilidad es impresionante: en más de seis décadas de servicio bajo el duro clima de Florida, el gigante ha recorrido más de 3.700 km, demostrando que la ingeniería rudimentaria de los años 60 sigue siendo la base que sustenta el futuro de la exploración espacial.