La dificultad para arrancar y el aumento del consumo de combustible son las primeras alertas; Ignorar el intercambio puede condenar al catalizador y causar daños 'salinos'
Responsables de la chispa que enciende la mezcla aire-combustible, las bujías son termómetros precisos para medir la salud del motor. Cuando se llevan, emiten señales claras que, si se ignoran, evolucionan de simples molestias a daños mecánicos graves. La primera advertencia suele surgir al arrancar: si el motor acelera en exceso antes de arrancar, especialmente en días fríos, es probable que las bujías ya no puedan generar la chispa necesaria para la combustión inicial.
La degradación de las piezas no solo afecta al arranque. El desgaste progresivo de los electrodos o la acumulación de carbono comprometen toda la eficiencia energética del vehículo.
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En movimiento, los síntomas se hacen más evidentes. El conductor puede notar una velocidad de ralentí inestable (el coche tiembla cuando se detiene en el semáforo) y vacilaciones en la reanudación de velocidad. A medida que el consumo de combustible se vuelve ineficiente, el consumo se dispara: el motor necesita inyectar más gasolina o etanol para compensar los fallos, reduciendo drásticamente la autonomía.
El problema más crítico, sin embargo, es el efecto dominó. Cuando la bujía falla, el combustible no quemado pasa directamente al sistema de escape. Esto puede sobrecalentarse y destruir el catalizador — una de las piezas más caras del vehículo. El salpicadero suele advertir: una luz electrónica intermitente de inyección suele ser el código para fallos de encendido en curso.
Visualmente, las velas condenadas presentan electrodos redondeados por erosión, aislantes cerámicos agrietados o residuos negros excesivos. La recomendación es clara: sigue el plan de mantenimiento del manual del propietario y reemplaza el conjunto completo al primer signo de fatiga. El ahorro en la parte barata casi siempre resulta en una factura alta en el taller.